Bendito sea el misterio del amor

por Concepción Moreno

Es muy posible que hayan visto la película. De la pasada entrega del Óscar, Llámame por tu nombre de Luca Gungagdino era la cinta más preciosista: una hermosa cajita china decorada con filigrana que esconde un secreto.

El secreto, desde luego, no se resuelve con facilidad. Pero la gracia del relato es ir juntando pedazos para formar la historia de amor en Oliver y Elio. La película sirvió para lanzar al nuevo chico maravilla de Hollywood: Timothée Chalamet, quien interpreta a Elio, el protagonista adolescente de la historia.

Si disfrutaron la película, es más, si no vieron la película, la novela que le dio origen, escrita por André Aciman, es imperdible. Es un cruce entre una novela erótica y otra de bildungroman, o novela de dejar atrás la infancia (¿No nos vamos despidiendo de nuestra niñez cuando erotizamos nuestro cuerpo?).

La voz que narra es la de Elio, expatriado estadounidense que pasa sus vacaciones de verano en una villa en Sicilia. El lugar es ideal para una persona sensible: sus padres son intelec liberales, el pueblo es pequeño y adorable, la comida es soberbia. En casa tienen un árbol de chabacanos, redondos, dice Elio, como si fueran caritas de gente obesa. Elio no tiene muchos amigos, prefiere pasar sus días perdido en la lectura o transcribiendo las partituras de los grandes maestros de la música clásica.

En este lugar apacible llega Oliver como un torbellino. “Piel, piel, y más piel”, escribe Elio cuando se da cuenta que nunca había deseado tanto algo o a alguien como a Oliver. Quiere tocarlo, saborearlo, que lo tenga como premio en su cuarto.

Oliver es un joven académico que pasa unas semana en la villa de la familia. Cada año los padres de Elio dan alojamiento a estudiosos que comienzan su carrera para darles un amistoso empuje. Oliver está trabajando en un libro que planea traducir al italiano. Elio solo lo ver ir y venir, siempre diciendo su frase característica: “Later!”, una forma casi arrogante y despreocupada de decir hasta luego.

La novela es un largo monólogo sobre el deseo. Pobre Elio, tan solo tiene 17 años y nunca ha tenido sexo y guarda como un expediente clasificado su deseo por otros hombres. El personaje es complejo: en realidad sus padres no tenían problema con tener un hijo gay, pero Elio teme no encontrar el amor nunca. Y entonces llega Oliver.

Oliver es la sensación: guapo, atlético, gran bailarín. Las adolescentes del sitio están de un ala por él. Y él juega con esa atención, para gran desmayo de Elio.

Un día, mientras recorren el pueblo, Elio se arma de valor y le dice a Oliver algo así como una confesión de amor. “¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?”, le pregunta Oliver. Por supuesto que Elio lo sabe. Lo que no sabe todavía es si será correspondido o rechazado. Ese es en realidad el meollo de la novela: ¿podrán Elio y Oliver encontrarse en un beso, en un abrazo?

Llámame por tu nombre es un retrato de la languidez del primer amor. Es una perogrullada decir que el primer amor nunca se olvida, pero hay que preguntarse por qué. No es solo porque con él aprendemos a amar y conocemos la desesperación de deseo. Es porque deja una impronta. Cada vez que el aire sople de cierta manera o veamos una película o llueva o haga calor, o cualquiera que haya sido la circunstancia de ese amor, regresaremos a él conmovidos.

La novela ha sido un éxito. No conozco la traducción —en español está agotado por eso esta reseña se refiere a la edición en inglés—, pero la versión original es de un lenguaje fino y cuidado. Poco a poco nos va revelando el alma de Elio y ese amor que lo cambió todo. Ese misterio bendito que es enamorarse.

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