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Catástrofe y ruina en Maze Runner, la cura mortal

por José Noé Mercado

La tasa de infección de La Llamarada —virus que elimina de a poco el razonamiento y las principales actividades cerebrales que humanizan al hombre— se ha incrementado en trescientos por ciento. Hay tres infectados por cada sujeto saludable. Es cuestión de meses, quizá semanas, para que los pocos grupos que sobreviven en el mundo postapocalítico devastado por explosiones solares experimenten los síntomas de agresividad irracional o desaparezcan por completo de la Tierra.

Es cierto que aún quedan algunas decenas de jóvenes inmunes (Munis) al virus que ya han pasado por las pruebas del Laberinto y el Desierto, pero la mayoría se encuentran en poder de CRUEL (Catástrofe y Ruina Universal: Experimento Letal), la poderosa corporación transnacional encargada de encontrar una cura para la pandemia. Y los retienen justo para experimentar con ellos; buscar el antídoto es la prioridad a toda costa.

A grandes rasgos, ese es el punto de partida de La cura mortal, tercera entrega de la saga Maze runner (El corredor del laberinto: Correr o Morir, 2014; Prueba de fuego, 2015), dirigida por James Ball, basada en la trilogía bestseller del escritor estadounidense James Dashner.

Y el equipo estelar de Habitantes y Corredores encabezado por Thomas y Newt intentarán no sólo rescatar a los Munis —entre quienes se encuentra su gran amigo Minho—, y mantenerse a salvo de los Crank —los violentos portadores del virus antes de llegar a su fase final—, aunque también deberán sortear las embestidas de Janson —segundo en el organigrama y jefe de operaciones de CRUEL—, conseguir el suero que retrase los efectos de la infección y, acaso, redirigir el rumbo de sus vidas y el mundo con miras en El Paraíso, un lugar apartado en el que todo pueda recomenzar.

La aventura supone altas dosis de acción, riesgos, pérdidas, reencuentros y plantar cara, en el caso de Thomas, a Teresa Agnes, su bella excompañera en los tiempos de CRUEL cuando crearon el Laberinto, su gran amor y, por cierto, la desgraciada chica que en la entrega anterior traicionó al grupo y continúa al frente de los experimentos para encontrar la cura a medio camino de la ayuda loable para la humanidad y su culpígeno egoísmo como científica.

Luego de Correr o morir —un arranque perturbador de la trilogía— y de Prueba de fuego —una continuación irregular—, La cura mortal, en líneas generales, resulta un gran cierre de esta historia. El director James Ball se percibe cómodo en ese mundo distópico, proyecta en plenitud el carisma de los personajes para hacerlos entrañables y consigue emocionantes escenas de acción, con gran puesta en escena y espléndidos efectos especiales. Sin dejar fuera sensibles y detallados pasajes que harán brotar lágrimas de algunas sectores del público, incluso de los más bragados.

Es cierto que hay, de igual forma, instantes en los que aparece el Deus ex machina —esos recursos fáciles para resolver ciertas situaciones, más provenientes del guion que, en rigor, de las circunstancias en control de los personajes—, pero no son en los puntos clave de la película y se compensan, en todo caso, con la coherencia tanto de la narración como del montaje.

No menos verdad es que algunas actuaciones podrían parecer genéricas; sin embargo, el casting, al final, se fragua con personalidades bien definidas y rostros singulares como el Newt de Thomas Brodie-Sangster, el Minho de Ki Hong Lee o el  —spoiler— Gally de Will Poulter. Sin olvidar la creíble heroicidad del Thomas de Dylan O’Brien, la hermosa dualidad de la Teresa de Kaya Scodelario, el compañerismo del Jorge de Giancarlo Esposito o el enigmático antagonismo del Janson de Aidan Gillen. Cuenta, por supuesto, reconocerlos de otras películas o series queridas como Game of thrones o Breaking Bad.

Es probable que La cura mortal  y la saga entera de El corredor del laberinto (Maze Runner) poco tenga de novedoso y original, pues muchos de sus temas, conflictos y escenarios se han visto en las diferentes entregas de Los juegos del hambre de Suzanne Collins, Divergente de Veronica Roth, Parciales de Dan Wells, e incluso El juego de Ender de Orson Scott Card.

En ese sentido, la novedad y todo lo que suene a original son aspectos que pueden relativizarse por su sobrevaloración. A fin de cuentas, en este tipo de sagas que se dirigen al lector Young adult —pero no sólo a él—, se abordan tópicos que mucho interesan a las nuevas generaciones: sociedades distópicas, gobiernos totalitarios, poblaciones abusadas y desvalidas, crisis por la supervivencia humana. Pero también circunstancias que permiten aflorar los mejores ángulos de la amistad, el amor, la lealtad o el heroísmo común que se obliga a surgir de la marginación.

En esta saga de James Dashner, compuesta por la trilogía original, dos precuelas y un libro anexo de expedientes secretos y cuyos protagonistas llevan nombres de científicos, activistas y demás ejemplos sociales —paradójicamente despojados de su nombre real y renombrados por CRUEL para anular sus respectivas humanidades—, todas esas premisas de la ciencia ficción son en verdad disfrutables y emotivas. Y mientras así sea, el consumo de este tipo de literatura y traslaciones a la pantalla grande no encontrarán ninguna cura mortal que acabe con ellas.

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