Los admirables cuerpos moldeados para satisfacer la fantasía más exigente, las desinhibidas actuaciones frente a la cámara, el supuesto glamur de los escenarios donde graban sus escenas, la fama y, sobre todo, su amplia y variada disposición para inspirar el deseo sexual entre sus millones de seguidores alrededor del mundo, suelen dejar fuera de foco la fragilidad de las estrellas pornográficas.

Más allá de los márgenes morales aceptados por una sociedad que aún mira con ceño fruncido lo que consume con avidez en la intimidad, la historia del cine para adultos suele ser salpicada por la insatisfacción, los excesos y la tragedia —como cualquier otro ámbito de la vida humana, habría que decir para no sobredimensionar su problemática—. Drogas, maltrato, enfermedades y suicidios son algunos de esos ingredientes que no siempre se relacionan a simple vista con la hechicera industria del porno y a los que ahora, con la peculiar muerte de la actriz canadiense August Ames a los 23 años de edad, el pasado 5 de diciembre, se suma el bullying cibernético.

La seis veces ganadora de premios AVN —suerte de Oscar del cine porno, entregado por la revista Adult Video News desde 1984—, activa entre 2013 y 2017 con un total de 305 escenas grabadas con importantes productoras entre ellas Brazzers, Naughty America, Evil Angel, New Sensations o Evil Angels, fue encontrada sin vida, colgada de un árbol, en un parque público por el rumbo de su residencia de Camarillo, California.

Polémica

La conmoción inicial dejó lugar a la controversia, ya que días antes de su muerte —suicidio por asfixia de ahorcamiento—, August Ames, chica voluptuosa de grandes ojos marrón y 1.67 metros de altura, padeció un bombardeo múltiple de ciberbullying en el que fue acusada de homofobia, lo que presumiblemente acentuaría su constante ánimo depresivo. La lluvia de señalamientos e insultos en Twitter le llegó tras un tuit en el que reveló haber preferido no filmar con un actor que también ha participado en escenas de porno gay.

Ames —de nombre real Mercedes Grabowski— se defendió a través de su cuenta al negar dicha homofobia y realzando su libertad para decidir sobre su cuerpo, sus preferencias laborales y sus prevenciones sanitarias para evitar ser contagiada de alguna enfermedad ya que, según apuntó, las pruebas de salud no son iguales en el porno heterosexual que en el gay.

Las críticas, sin embargo, no se detuvieron con las puntualizaciones de Ames. Por el contrario, se transformaron en acoso auténtico, pues para los detractores, entre quienes se encontraban actores pansexuales como Jaxton Wheeler, las palabras de la actriz contribuían a estigmatizar a la comunidad gay dentro y fuera del porno. “Tocó un nervio muy sensible”, dijo.

Sin duda, así fue.

Los insultos, la presión y la violencia —intencionales, constantes y repetitivos que caracterizan la agresión física, verbal o psicológica comúnmente llamada bullying—, llegaron a un punto extremo para la actriz. Wheeler le tuiteó: “El mundo está esperando tus disculpas o que te tragues una píldora de cianuro. O nosotros iremos a tomarte”.

Tras la discusión sostenida con Ames y el trágico final de la actriz, Wheeler también pasó a ser víctima. El actor crossover lamentó los términos en los que redactó sus tuits, pero expresó que algunas publicaciones como Newsweek lo han señalado como el único malvado en el caso, cuando en realidad fueron miles de usuarios los que practicaron el bullying; que un par de productoras le han cancelado grabaciones, que datos personales y de su familia se han hecho públicos de manera maliciosa y que ha recibido tantas amenazas de violencia y muerte que ha tenido que llamar al FBI.

Efectos

La variante cibernética del bullying potencia el daño en las víctimas porque los agresores ni siquiera tienen que dar la cara o revelar su identidad al acosado. En las redes sociales abunda el anonimato, los pseudónimos e incluso el fantasmeo de las publicaciones que desaparecen al cabo de algunas horas, sin que la víctima pueda contrarrestarlo o, siquiera, comprobarlo —aunque lo intuye o se lo hacen saber de manera distorsionada—. Se esfuma, pero no así su efecto. En el campo virtual, en rigor, puede darse 24/7, al menos en periodos críticos, y el acosado, como mucha gente en la actualidad, no se separa de sus dispositivos enchufados a las redes ni siquiera mientras come, duerme o realiza otras actividades de su vida cotidiana lo que lo hace más vulnerable. En otras palabras, el ciberbullying no se detiene. O sí, pero en ocasiones como ésta cuando ya es demasiado tarde.

Los efectos del bullying son más o menos devastadores dependiendo de la autoestima del acosado y de las circunstancias que lo rodean en el momento de las agresiones. Wheeler logró pedir ayuda “¡al fucking FBI!”, como señaló.

Aunque es riesgoso concluir que lo ocurrido en la red social derivó en el suicidio de August Ames, lo cierto es que la cotizada y célebre pornstar no contó con la estima, ni las herramientas de ayuda para librar el vendaval. En su último tuit, sólo escribió: “fuck y’all” —“al carajo todos”—. En su automóvil, estacionado a unos pasos del parque en el que se quitó la vida, las autoridades encontraron una nota en la que ofrece disculpas a su familia, en especial a sus padres, por su decisión. Nada dijo del bullying. Ni se halló rastro de drogas o alcohol en la escena.

Sin embargo, como pieza que contribuye al armado del rompecabezas, se supo que el 13 de septiembre, menos de dos meses antes de su suicidio, August Ames participó en el podcast Holly Randall Unfiltered, en el que la fotógrafa erótica anfitriona la entrevistó a lo largo de una hora.

La actriz reveló un pasado de abuso sexual desde la adolescencia, episodios depresivos y de Trastorno de Identidad Disociativo (personalidades múltiples), además del uso de drogas como evasión, a las que fue inducida por el padre de una niña a la que cuidaba cuando se empleaba como niñera a los 15 años de edad. Y también que había asistido a terapia pero que terminó odiándola porque solía ser enjuiciada por su profesión.

Hoy la reconocida pornstar está muerta. Es probable —aunque no concluyente— que el descarnado bullying cibernético que padeció haya terminado por derramar el vaso de su carnet vital. Sin duda, su suicidio es un claro ejemplo de lo que el sociólogo francés Émile Durkheim interpretaba como un fenómeno social. August murió en diciembre. Demasiado pronto. Descanse en paz en donde sea que vayan las estrellas.

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