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¡Madre!: Una cinta sobre la creación

Calificación: 4 de 5

Desde Pi, el orden del caos (1998) a nadie le ha quedado duda que el cine de Darren Aronofsky es de esos raros especímenes que se insertan dentro del verdadero Séptimo Arte. Y, aunque no todas sus entregas han sido del total agrado de sus seguidores, con cada uno de sus filmes ha logrado perturbar al espectador.

El estreno de ¡madre! (mother!) ha sacudido las fibras de más de uno que, reconociendo o no la miriada de referencias bíblicas, percibe a grandes luces que el mensaje, aunque esquizofrénico, es profundo.

Una pareja vive en una gran casa alejada de la civilización. Él (Javier Bardem) es un afamado poeta que pasa por un periodo de bloqueo creativo. Ella (Jennifer Lawrence) es su Musa: una mujer delicada que, con todo cuidado, reconstruye y decora la casa en la que creció su marido porque, hace aparentemente no mucho tiempo, se quemó hasta las cenizas. Viven en una tensa armonía hasta que toca a su puerta un hombre desconocido (Ed Harris). El poeta, deslumbrado con la novedad, lo invita a quedarse, rompiendo la armonía que su Musa había tardado tanto en construir. Tras la llegada del hombre, aparece su mujer (Michelle Pfeiffer) y luego sus hijos. Ninguno avisa, ninguno pide permiso, son un grupo de gente intransigente que mancha, pisotea, invade y ensucia lo que no es suyo. Pasan por encima de su anfitriona, con la venia del poeta, quien, por el gusto de ser admirado y tener material para inspirarse, permite que sus invitados hagan lo que sea.

Tiempo después, la Musa espera un bebé y el poeta escribe su creación más bella. Ella, a punto de dar a luz; él, más aclamado que nunca por sus hermosas palabras. La casa se llena de fanáticos destructores y asesinos.

En apariencia, la anécdota y la trama no son complejas, lo complejo es la intrincada alegoría que construye Aronofsky sobre el creador y lo creado. Con un tratamiento visual y sonoro magistrales, el director nos introduce a un universo del cual muy pronto querremos escapar.

Nos sentimos invadidos y pisoteados, incluso mareados de la mano de la Musa conforme el poeta da carta blanca a sus enloquecidos fans para hacer lo que quieran dentro de su propia casa, no importa cuánto lastimen a la mujer que supuestamente ama.

Por todo lo ancho de la red corren una y otra recomendaciones para lograr entender las complejidades aronofskianas, siendo la principal tener un conocimiento básico de los mitos creacionales judeocristianos. Sí, quizá si no tenemos los referentes de Adán, Eva, Caín, Abel, el Paraíso y el Infierno, podríamos perdernos de ciertos guiños bíblicos, pero no hace falta leerse la Biblia entera para entender la condición humana. Y es  justamente esa la metáfora más sólida dentro de la cinta.

La madre, con “eme” minúscula, minimización de la fuerza dadora de vida.  A la que no agradecemos lo nos que da, de la que tomamos lo que nos viene en gana porque nos sentimos con el derecho de hacerlo. Ese ser intangible, dulce, etéreo que prepara el espacio para lo más especial que puede venir a ella que es la vida. La Madre, la Diosa, la Musa, la Tierra, es ella a quien no alcanzamos a ver porque tenemos la vista obnubilada con Él.

Y Él, creador, artista, genio, megalómano que sacrifica hasta lo más sagrado para saciar su sed de alabanza.

Con todo y sus grandes aciertos, la cinta decepciona por su carácter maniqueo: niega el verdadero poder de la fuerza femenina, preponderando el infinito amor de la madre y convirtiéndola en una prisionera eterna, subyugada al maniático creador.

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