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Paterson: poesía hecha película

Calificación: 5 de 5

La vida es rutina, a veces tedio y desilusión, pero hay extraños seres que deambulan por los sitios más insospechados, extrayendo de la cotidianidad gestos y sutilezas para regalarnos la poesía que vive en ellos.  Jim Jarmush es uno de estos seres que con su último largometraje de ficción, Paterson (2016, EUA, Francia y Alemania) nos brinda un esbozo de lo que es para él ser poeta, al tiempo que homenajea a sus héroes de las palabras: Emily Dickinson, Shakespeare, Frank O’Hara, David Foster Wallace, Wallace Stevens, William Carlos Williams y Allen Ginsberg—los últimos dos vivieron precisamente en Paterson, Nueva Jersey.

Paterson (Adam Driver) es un joven poeta y conductor de autobús que vive en Paterson, un suburbio de Nueva Jersey. Cada día, despierta alrededor de las 6:00 a.m. junto a su hermosa novia Laura (Golshifteh Farahani) quien—aún entre sueños—le platica lo que ha soñado. Ya en el trabajo, mientras aguarda a que el supervisor de la terminal de autobuses le dé salida, escribe en su cuaderno secreto.  La hora del almuerzo la pasa sentado en una banca frente a una cascada y aprovecha para escribir más.

Termina la jornada y regresa a casa, donde Laura le cuenta sus proyectos, sueños y alocados planes; le muestra el nuevo decorado que ha hecho y le da de cenar algún invento culinario. Paterson hace todo por complacerla, hasta pretender que le gusta el pie de coles de Bruselas con queso cheddar. Después de la cena, saca a pasear a Marvin—un odioso bulldog inglés interpretado por la fallecida Nellie—; se detiene en el bar de Doc (Barry Shabaka Henley), charla un poco, se toma una cerveza y regresa a casa para repetir todo al día siguiente.

Paterson contempla el mundo con cuidado y detalle a través del parabrisas de su autobús, para convertirlo en palabras, en poesía. Jarmush crea un filme poético, con metáforas precisas y un ritmo acompasado marcado por el tiempo de la rutina: empieza un lunes por la mañana y termina ocho días después, otro lunes por la mañana.  Aunque todo parece igual, algo ha cambiado; la vida y las cosas se han transformado. Paterson tiene ante sí la posibilidad de una nueva hoja en blanco.

Si se pone cuidado, uno encontrará un poema de 118 minutos, armado con una retórica delicada, construida con tropos puestos en lugares exactos que le dan vitalidad a la trama. Por ejemplo, el uso metonímico entre el nombre del personaje y el de su lugar de origen—aunque de inicio genera confusión en el espectador— es, quiero suponer, la forma en la que Jarmush otorga las características del pueblo donde nació William Carlos Williams a nuestro conductor de autobuses. Paterson (el lugar) es poesía que se respira y Paterson (el personaje) está ahí para darle voz a esa poesía, como lo hicieron en su momento Williams o Ginsberg.

Las palabras que Paterson va vertiendo en su cuaderno secreto son poemas (escritos en realidad por el poeta y ensayista Ron Padgett) que escuchamos con la voz profunda y pausada de Adam Driver mientras aparecen en nuestra pantalla, palabra por palabra.

El filme se redondea con detalles sutiles y elegantes que están ahí sólo para aquel que, como Paterson, sepa contemplar en silencio, permaneciendo en la quietud que se requiere para poder escrutar  aquello que lo rodea. Uno de estos deliciosos detalles es la presencia de gemelos idénticos en distintos momentos de la trama; incluso Laura sueña que tiene gemelos con Paterson. Quizá ésta sea la forma en la que Jarmush nos habla de nuestro propio reflejo en el otro.

En fin, Paterson es una de esas películas que se digieren de a poco; de esas que una vez que has terminado de ver, sabes que algo importante ha pasado, pero que no puedes reconocer qué es de inmediato. Te recomiendo que la veas y permitas que sus imágenes, silencios, palabras y patrones crezcan en ti.

 

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